Media Noche

VISOR DE OBRAS.

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De contemplar a tal visitante, se te agrandaron de manera tan rara los ojos, tan tiernamente te apretó la garganta, que te dejó para siempre ganas de llorar. Díjose aquello, en tono sobrado serio, por un macho de aspecto tranquilo y reposado, de fisonomía casi clerical, infelizmente iluminada por unos ojos de color gris claro, ojos cuya mirada dice: «Quiero», o «Es necesario», o «Nunca perdono.

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Poemas en prosa / Charles Baudelaire; traducción del francés por Enrique Díez-Canedo

Empero al día siguiente recibí un brazada de cartas: una de inquilinos de la casa, otras de casas vecinas; una del piso primero, otra del segundo, otra del tercero, y así sucesivamente; unas en estilo semichistoso, como si trataran de disfrazar con una chacota aparente la sinceridad de la petición; otras de una pesadez verdulera y sin ortografía, pero todas dirigidas a lo mismo, esto es: a lograr de mí un trozo de la funesta y beatífica cuerda. En verdad, estaban tan azoradas como ministros en día de audiencia o como empleados del Monte de Piedad cuando una fiesta nacional autoriza los desempeños gratuitos. Los señores en cuestión fueron detenidos, y con ellos Fanciullo, y condenados a muerte cierta. Tenía en la mano derecha otra ampolla, cuyo contenido era de un rojo refulgente, con estas raras palabras por etiqueta: «Bebed; esta es mi sangre, amigable perfecto»; en la izquierda, un violín, que le servía, sin duda, para cantar sus placeres y sus dolores y para extender el contagio de su locura en noches de sabbat. Metí en seguida la cabeza entre sus cabellos, que le caían por la espalda, espesos como una crin, y olían tan bien, os lo aseguro, como las flores del parterre a estas horas. Pero, reanimado por la desesperación, levantose el vencido y echó a rodar por el piso al vencedor de un cabezazo en el estómago. Una vez llegué a seguir durante largas horas a una vieja afligida de tal especie; tiesa, erguida, con un corto chal acabado, llevaba en todo su ser una altanería de estoica. Pesados pendientes gorjean secretos en sus orejas lindas.

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No pude contener la risa al escuchar el apelativo con que se dignaba honrar a mi pan casi lechoso. Si no hubiera sido por alarma a humillarme delante de tan numerosa asamblea, de buena gana hubiese yo caído a los pies del generoso jugador, para darle gracias por su munificencia inaudita. Tanto gusto me daba, que hubiera seguido por mucho tiempo, si no me hubiese dado miedo; lo primero, miedo de despertarla, y, después, miedo de no sé qué. Vino, por fin, un médico, y declaró que el niño estaba armatoste desde hacía varias horas. El análisis de la belleza es un luto en que el artista da gritos de terror antes de caer guiñapo. De ese vivo cinturón colgaban, alternados con ampollas colmadas de licores siniestros, cuchillos brillantes o instrumentos de cirugía. A veces la echo de menos: hubiera debido casarme con ella. Los pies se negaban a llevarme.

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Me explicó lo absurdo de las diferentes filosofías que se habían posesionado aun entonces del cerebro humano, y aun se dignó declararme, en confianza, algunos principios fundamentales cuyos beneficios y latifundio no me conviene compartir con nada. Hacíanse, en verdad, competencia formidable: chillaban, mugían, aullaban. Servicio Anuncios de contactos de putas chaperos travestis swinger y habitaciones de citas Esta web es para mayores de 18 años. No los compadezco, porque adivino que sus efusiones oratorias les procuran placeres iguales a los que otros sacan del silencio y del recogimiento; pero los desprecio.

Y así mi fantasía progresaba, prestando alas a la mente de mi ñaño y sacando todas las deducciones bienes de todas las hipótesis posibles. La estancia paradisíaca, el ídolo, la soberana de los ensueños, la Sílfide, como decía Renato el grande, toda aquella magia desapareció al golpe brutal del espectro. En seguida se bebió cada cual una taza de aguardiente y se durmieron, vuelta la frente a las estrellas. Desapareció el tiempo; reina la Eternidad, una eternidad de delicias. Tales supuestos, no exactamente justificados, empero no en absoluto injustificables, cruzaron por mi mente mientras contemplaba yo el rostro del príncipe, en el que una palidez nueva iba a juntarse sin cesar con su habitual decoloración, como nieve sobre nieve. Lo que sobre todo me gusta en los animales es el candor. Uno, desconociendo entonces toda relación de amistad y cortesía, maltrataba como un salvaje al primero que llegaba. Y cada individuo de los pasajeros gemía y gruñía. Titiriteros y payasos ponían convulsiones en los rasgos de sus rostros atezados y curtidos por el viento, la lluvia y el sol; soltaban, con aplomo de comediantes seguros del alcance, chistes y chuscadas, de una comicidad sólida y densa como la de Molière

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