Media Noche

DULCE Y SABROSA

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Y se fue. En una palabra: no carece de sentido moral, pero instintivamente profesa la doctrina de aquellos cirenaicos griegos que fundaban la vida en el placer.

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Esta fue su primera desilusión. El andoba, como de encargo, no chistaba. Sus ojos eran tan expresivos, que parecían habladores; su boca tenía sonrisas entre mimosas y burlonas; y en conjunto, por su talle y rostro recordaba los tipos de aquellas muchachas diabólicamente hermosas que algunos pintores han trazado en torno de los santos combatidos de voluptuosas tentaciones. En el apartamento principal de la misma casa del estanco vivía un editor, quien, por ser pequeña su habitación, tenía arrendado en la planta baja un pieza, convertido en almacén de las obras que administraba.

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Conozco que te quiero, y éste es un mal No era una fregatriz vulgar, sino una sacerdotisa del fogón. Su memoria le trajo al elucubración un nombre en que iban compendiados muchos recuerdos, pero la desconfianza le hizo decirse en seguida: «No, no es ella El empresario recibió muchas obras, donde se adjudicaban a la nueva artista papeles que requerían poquísima ropa, con lo cual la aporreado muchacha se persuadió de que no eran su voz y su alcance los que la iban sacando a flote, sino su belleza. Al cabo de media hora llegó a una de aquellas alamedas del Retiro que empiezan junto a la Casa de fieras y terminan en el lago llamado Baño de la elefanta. En las calles, alrededor de las fogatas, la gente se juntaba a calentarse las manos. Suba usted y hablaremos. Así llegó a tener fama de bonita, sin que nadie pudiera jactarse de haber conseguido de ella una mirada cariñosa.

Rosa del desierto : Adenium obesum

Si esto no basta, simula reveses de fortuna que le apartan de la que le cansa, con lo cual el hastío toma forma de delicadeza; o miente celos, fomenta coqueteos, tiende lazos, acusa de traiciones, provoca desdenes, y fingiéndose agraviado, se aleja ancho. La fiera debía de estar domada y el domador se llamaba facultad Juan de Todellas. Bueno: pues escudado en tan autorizada opinión, no tengo inconveniente en presentarte a la incorruptible. Y si alguien manifiesta sorpresa al verlo, don Juan declara que, no pudiendo hallar imagen auténtica del Jesucristo omnipotente, y pareciéndole un poco tristes los crucifijos, ha colocado en su lugar aquella representación del amor, que es delicia y mantenimiento del globo.

La maledicencia y la calumnia se cebaron en ella. El monólogo fue bastante largo, e innumerables las ideas que mientras duró se encadenaron y sucedieron, quedando al término de todas evidenciada la existencia de un grave borrasca para Cristeta. Luego un caballero en quien don Juan se reconocía, salía precipitadamente de un palco proscenio, bajaba una escalera ancha, atravesaba un patio, subía otra escalera muy estrecha, cruzaba un pasillo lleno de mujeres, unas sudorosas, otras tiritando, todas casi desnudas, y sin hacer caso de ellas ni de sus dicharachos y sus risas, se detenía ante una batiente, sobre la cual estaba escrito levante letrero: Señorita Moreruela. Yo podré no tener exigencias ridículas; pero tampoco me dejaré tratar como

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